• Manifiesto
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    "Lo que viene tiene su sentido en el origen"
    Con la intención de que sirviera de punto de partida para superar la civilización heredada de una época declinante, Alain de Benoist y Charles Champetier, representantes de la nueva derecha, redactaron un Manifesto, a principio de este siglo, en el que recogen un programa que proponen como una visión equilibrada del hombre, que tiene en cuenta a la vez lo innato, las capacidades personales y el medio social, a la vez que recusa las ideologías que acentúan abusivamente uno sólo de estos factores de determinación, ya sea el biológico, el económico o el mecánico.

  • El hombre: Según este Manifesto, no es ni bueno ni malo por naturaleza, pero es capaz de ser una cosa u otra. En esto es un ser arraigado, abierto y "peligroso", siempre susceptible de superarse a sí mismo o de degradarse. Las reglas sociales y morales, como las instituciones o las tradiciones, permiten conjurar esta permanente amenaza, alentando al hombre a construirse en el marco de unas normas que fundamentan, orientan y dan sentido a su existencia.
  • La sociedad: La existencia humana es inseparable de las comunidades y de los conjuntos sociales en los que se inscribe. La idea de un "estado de naturaleza" primitivo en el que habrían coexistido individuos autónomos es pura ficción. Solamente el retorno a las comunidades y a las ciudades de dimensiones humanas permitirá poner remedio a la exclusión, a la disolución del lazo social, a su reificación o a su juridización.
  • Lo político: Es una esencia y un arte. Descansa en el hecho de que las finalidades de la vida social son siempre múltiples. Lo político posee su esencia y sus propias leyes, que no son reductibles a la racionalidad económica, a la ética, a la estética, a la metafísica o a lo sagrado. Supone aceptar y distinguir nociones tales como lo público y lo privado, el mando y la obediencia, la deliberación y la decisión, el ciudadano y el extranjero, el amigo y el enemigo.

  • Lo económico: La mercantilización del mundo, entre los siglos XVI y XX, ha sido uno de los fenómenos más importantes que la humanidad ha conocido por la amplitud de las transformaciones que ha impuesto. Su desmercantilización es uno de los principales desafíos del siglo XXI. Para ello es preciso volver al origen de la economía: oikos-nomo, las leyes generales de nuestro hábitat en el mundo, leyes que incluyen los equilibrios ecológicos, las pasiones humanas, el respeto a la armonía y la belleza natural y, de forma más general, todos los elementos no cuantificables que la ciencia económica ha excluido arbitrariamente de sus cálculos. Toda la vida económica implica la mediación de un amplio abanico de instituciones culturales y de instrumentos jurídicos. Hoy, la economía debe ser recontextualizada en el mundo vivo, en lo social, en lo político y en la ética.

  • La ética: El buen ciudadano es el que tiende siempre hacia la excelencia en cada una de las virtudes cuyo ejercicio constitiuye la base de la convivencia. Tal voluntad de excelencia no excluye en modo alguno que haya diversos modos de vida (contemplativa, activa, lucrativa, etc.), cada uno de los cuales obedece a códigos morales diferentes y que hallan su jerarquía en la ciudad. Esto es lo mismo que restituir el sentido, es decir, volver a los valores compartidos, portadores de certezas concretas experimentadas y defendidas por unas comunidades conscientes de sí mismas.

  • La técnica: El conocimiento y sus aplicaciones no son censurables en sí mismos, pero lo que da valor a la innovación no es el simple hecho de su novedad. La carencia de defensas naturales específicas, la desprogramación de nuestros instintos y el desarrollo de nuestras capacidades cognitivas han ido a la par con una transformación creciente de nuestro entorno. Pero durante mucho tiempo la técnica ha sido regulada por imperativos no técnicos: necesaria armonía del hombre, la ciudad y el cosmos; respeto a la naturalza como casa del Ser; etc. Lo importante es someter el desarrollo técnico a nuestras decisiones sociales, éticas y políticas, al mismo tiempo que a nuestra capacidad de anticipación (principio de prudencia), y reinsertarlo dentro de una visión del mundo como pluriverso y como continuum.

  • El mundo: El siglo XXI vendrá definido por el advenimiento de un mundo multipolar articulado en torno a civilizaciones emergentes: europea, norteamericana, iberoamericana, árabe-musulmana, china, hindú, japonesa, etc. Estas civilizaciones, aunque no suprimirán los antiguos arraigos locales, provinciales o nacionales, sí se impondrán como la forma colectiva última con la que los individuos pueden todavía identificarse más acá de su humanidad común. Su poder se manifiesta como capacidad para resistir ante la influencia ajena, antes que imponer la propia voluntad. El principal enemigo de este pluriverso de grandes conjuntos autocentrados será toda civilización de pretensiones universales que pretenda imponer su modelo o estilo de vida a todas las demás civilizaciones.

  • El cosmos: Se explica por una concepción unitaria del mundo, donde materia y forma no son sino variaciones sobre un mismo tema. El mundo es al mismo tiempo uno y múltiple, integra diferentes niveles de lo visible y lo invisible, diferentes percepciones del tiempo y del espacio, diferentes leyes de organización de sus elementos constitutivos. Pasado, presente y futuro no son momentos distintos de una historia orientada y vectorizada, sino dimensiones permanentes en todo instante vivo. Pasado y presente se hallan presentes en toda actualidad: el sentido de lo que viene surge siempre de la relación con el origen.

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