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Espacio y tiempo en la narrativa americana
Mientras el espacio del europeo es un concepto cerrado, por lo menos dentro del continente donde las fronteras han sido trazadas desde hace siglos, el espacio para el norteamericano está abierto. Frontera abierta, en consonancia con su migración hacia un Oeste que parecía interminable. "El ruido de los carros, el trajín de los caballos, los gritos de los hombres que empujaban las ruedas para sacarlas del atolladero, resuenan todavía en los oídos del ciudadano actual", apostilla el escritor rumano Vintila Horia. En medio de esa soledad infinita e inasible, como una mujer hermosa que esquivara un abrazo, el alcohol sirvió y sirve todavía de remedio para mitigar sus efectos en el alma del norteamericano. El yankee bebe grandes cantidades de de whisky y de cerveza como un expediente para conjurar el fantasma de la soledad. El sexo es algo también que ha surgido, en tiempo más reciente, como paliativo para la soledad, en el momento en que la mujer dejó de ser un bien escaso en las praderas y las montañas del salvaje oeste. La violencia fue otra técnica para vencer la soledad. Los personajes de Faulkner están predeterminados por el deseo malicioso de hacer daño a sus semejantes, violentar y matar con el solo fin de remediar un mal interior que les tortura. Estos endemoniados parecería que son víctimas de un fatum, si no fuera porque en su interior se han apartado de Dios y de su Ley. No saber envejecer constituye también, dentro de la psicología de la soledad, un rasgo típicamente norteamericano. Ser viejo es renunciar a la lucha , dejar de tener probabilidades de éxito, ser condenado al deshaucio y resignarse. Eso es todo lo que el yankee no puede admitir desde el momento en que la palabra y el apelativo con una mayor carga negativa en su vocabulario es la de "perdedor". Eso explica el fin trágico de Hemingway en el momento en que su cuerpo ya no responde a sus expectativas de éxito y de vida plena. Y hay un tiempo americano tan fuera de lo común como el espacio. Es un tiempo corto, rápido, extenuante, destructor, consumidor del hombre más que el sexo y la bebida. El norteamericano fallece mucho antes que la norteamericana, porque mientras ésta sabe oponer resistencia a ese tiempo terrible como el dios Crono, el varón es devorado por el trabajo extenuante, un trabajo que le promete alcanzar el favor de la mujer, la posibilidad de crear un hogar, de tener una propiedad y colocarse al otro lado de la linea que condue al fracaso, es decir no obtener esos logros que definían al hombre de éxito en su sociedad arcaica. De ahí la prisa que domina sus metrópolis y que se ha contagiado a las multitudes de Occidente, como un mal endémico del que ni siquiera el contacto con la naturaleza, con los campos y los prados de la periferia logran liberarle por unas horas. Esa velocidad es la que les lleva conducir imprudentemente poniendo en peligro sus vidas, acabando a veces despedazados en la carretera, o la que les empuja a consumir compulsivamente, comprando más cosas de las que en realidad pueden disfrutar en el poco tiempo que pueden dedicar de verdad al ocio. Este vertigo es una de las graves esquizofrenias de nuestro tiempo, transcrita a las novelas de Henry Miller o de Dos Passos, actitud que ha transformado el alma de los pueblos y que a veces se ha vuelto en contra de ellos mismos como una tremenda pesadilla, de la que no han logrado escapar ni siquiera los pueblos europeos. |
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