Cienciaficción:
Vivimos el tiempo para el que se escribían aquellas novelas. Las perspectivas han sido superadas en muchos casos con creces. Llega un momento sin embargo, en que el hombre rechaza el paraíso que él mismo se ha construído. Su obra le resulta monstruosa como la criatura de Frankestein y siente que amenza con destruirle a él mismo. Mientras la conciencia vigilante contempla con horror el apocalipsis de nuestro siglo, la
imaginación busca una evasión, proyectándose fuera de las fronteras de nuestro mundo. Al cabo, la cienciaficción ha agotado su vida y encuentra su fin en una exasperación de la propia realidad actual, sacudida por profundas crisis, de que la
cienciaficción es sólo un reflejo.
Novela actual:
Es comunmente admitido que la novela contemporánea, en cuanto que quiere abarcar toda la realidad y no una parte de ella, es un vehículo apropiado para el conocimiento de las motivaciones del hombre y el mundo contemporáneos. La novela de cienciaficción reduce la realidad a un modelo de laboratorio, bien que distorsionado, donde más fácilmente es posible ensayar esos fenómenos, y proyectarlos, incluso, a su evolución posterior y a sus más extremas
consecuencias; de ahí su interés también, como anticipadora y como suscitadora de expectativas de futuro, desde
la realidad presente. La lectura
de estos libros nos pone en el
camino de entender que existen
unos rasgos comunes y unos
trazos definidos en las novela de
este género. Reduciendo la
desbordante variedad a unos
moldes típicos es posible
encontrar esos denominadores
comunes que nos ponen en la
pista de formular con mayor
claridad el esquema de la novela
de cienciaficción
contemporánea.
Rasgos comunes:
En los mundos recreados en
estas novelas existen de hecho
unas formas políticas, sociales,
históricas, económicas, un
paisaje, unos problemas
anímicos, unos arquetipos y unos
sucesos correspondientes, que
comprenden la correlación de
visiones que de nuestro mundo
tienen estos autores. En las
mayores obras de su clase
incluso, existen una concepción,
unos conceptos y unas
conclusiones afines, o
correspondientes, de manera que
pueda hablarse de un paradigma
de la novela de cienciaficción del
siglo veinte.
La utopía humana:
Chilhood's End de Arthur C.
Clarke ofrece no tanto una
exposición dramatizada de la
utopía humana definitiva, cuanto
la manera en que el hombre
llega a esa utopía a través de una
serie de utopías efímeras. La
novela desarrolla una particular
visión del desenvolvimiento del
pensamiento utópico. Al
comienzo de la historia, la
humanidad está en la frontera
del espacio exterior, un proyecto
de vuelo a la Luna.
Repentinamente naves espaciales
aparecen en el cielo de las
mayores ciudades de la Tierra.
Todas estas naves, excepto una,
son meras ilusiones; pero esa
una es Karellen, un avanzado y
longevo representante de una
raza que la humanidad comienza
a llamar Overlords.
Gobierno mundial:
Manipulando sus ilusiones y
empleando la fuerza cuando es
necesario, Karellen somete a la
obediencia a la humanidad. Esta
obediencia supone consolidación
en el gobierno mundial bajo las
Naciones Unidas; la presencia de
los Overlords hace parecer
absurda cualquier tipo de lucha
armada entre las naciones.
Karellen llega a un acuerdo con
el Secretario General Stormgren,
y a través de él instruye a la
humanidad. La única prohibición
significativa es la idea de que los
vuelos interestelares deben ser
cancelados: "Las estrellas no son
para el hombre". En
compensación a esta obediencia,
Karellen suministra al nuevo
cliente de la comunidad mundial,
tecnología avanzada, de manera
que "por primera vez en la
historia humana, nadie tuvo que
trabajar en lo que no le
gustaba...
Ignorancia, enfermedad,
probreza y temor habían
virtualmente dejado de existir".
La primera parte de la novela,
La Tierra y los Overlords, está
dedicada a la descripción del
establecimiento de esta utopía
centralizada y materalista. Las
apariciones de Karellen a
Stormgren, a quien trata con su
nombre de pila, Rikki, para
instruirle sobre la utopía,
suceden en secreto, ni siquiera se
le muestra directamente, sino
que habla con él como una voz
detrás de una pantalla opaca.
"Como un gran órgano
desgranando sus notas desde la
nave mayor de una catedral... Su
profundidad y resonancia
proporcionaba el único indicio de
la existencia de la naturaleza
física de Karellen, por dejar una
sobreabrumadora impresión de
su posible tamaño". Esta
pavorosa imagen tiene su efecto
en la voluntad de la humanidad,
creando un estilo de humildad
que, acompañada de libertad,
desde que se hace fácil el tráfico
de un lugar a otro, propicia una
población homogénea y
relativamente sin prejuicios.
En Fuentes del Paraíso, también
de Arthur Clarke, todos los
pueblos de la Tierra aparecen
organizados en la Federación
Mundial, en cuyo vértice, la
CCT, con sus tres divisiones,
Tierra, Mar, Espacio,
constitiuye el mayor órgano de
consulta mundial. "Sólo cuando
se produce alguna resonante falla
técnica o un conflicto abierto con
otro grupo histórico o
ambiental, sólo entonces
emergía la CCT entre las
sombras".
Planetarización:
La planetarización del orden
universal y la colonización del
espacio son el motivo de tantas
novelas de cienciaficción, que se
han escrito a lo largo del siglo.
El polaco Jerzy Zulawsky
refiere en su trilogía lunar el
primer viaje a la luna y los
esfuerzos de los supervivientes
para crear una nueva sociedad
bajo las más adversas
circunstancias (The Silver
Globe, 1903); en el
libro siguiente (The Victor,
1910) un nuevo visitante de la
Tierra es recibido como
salvador que librará a la
colonia lunar de una raza de
monstruos alienígenas. La
trilogía es concluída con el
retorno a la Tierra (The Old
Earth, 1911).
Andrómeda, del ruso Ivan
Efremov, describe con
precisión una sociedad ideal
comunista del futuro, combinada
con la exploración del espacio
exterior, donde existe una red de
comunicación con otras
civilizaciones existentes, el
Anillo de Hierro.
Este mismo anhelo de
universalidad, de expansión
ilimitada, que alienta en tantas
novelas del pasado siglo, se
convierte en sátira mordaz en la
tiranía recreada en El otoño del
patriarca, de Gabriel
García Márquez, que alcanza
"hasta los rincones más ignotos
de su vasto país"; o toma la
apariencia de sutil ironía en El
Napoleón de Notting Hill, de
G.K. Chesterton. Esta última
novela, publicada en 1904,
recrea el mundo en 1948, tal
como llegaría a ser de proseguir
el afán imperialista, aunque
fuera corregido por el
socialismo reformista (fabiano)
defendido por Wells. Las
ambiciones que despierta el
poder político es el letimotiv de
la novela, que imagina a
Inglaterra gobernada por un
monarca elegido conforme a un
original sorteo. La función regia
recae en un oscuro personaje
que, sin embargo, demuestra
mayor cordura de la esperada
para los asuntos de gobierno,
gracias a un talante crítico y a su
habilidad para tomarse a sí
mismo y a su tarea menos en
serio de lo que es habitual.
Trilogía de Trantor:
Donde se aprecia quizá de
manera más plástica ese afán
ilimitado de conquista, esa sed
incontenible de espacio, es en el
ciclo de Trantor, de Isaac
Asimov. La trilogía arranca del
comienzo de la decadencia de un
inmenso imperio extendido por
toda una galaxia, abarcando
millones de mundos. La capital
de ese imperio galáctico es
Trantor, un planeta dedicado
por entero a las tareas
administrativas. La historia
comienza cuando un oscuro
científico vaticina la caída del
imperio y la barbarie que
seguirá a su derrumbamiento.
Decide entonces emplear su
ciencia, la psicohistoria, para
reducir al mínimo el inevitable
período de caos que seguirá
antes de formarse el Segundo
Imperio. A este fin establece dos
Fundaciones, una en cada extremo de la Galaxia, que
preserven el saber humano
durante el interregno.
Ninguna otra narración como la
de Asimov pone de relieve la
debilidad letal y la íntima
insuficiencia de un imperio
extendido por las estrellas, de
recursos ilimitados, frente a
los escasos recursos de la
Fundación, confinada en un
oscuro planeta, Terminus, de la
periferia.
El Estado Único:
La novela de cienciaficción
Nosotros, del escritor ruso
Yevgueni Zamiatin, comienza
cuando el ingeniero D-503
anuncia la hora en que será
concluído el primer avión-cohete
Integral, cuya misión consistirá
en llevar al Universo la semilla
del Estado Único; someter a
otros mundos bajo su custodia,
del mismo modo que un milenio
antes, sus mismos antepasados
alienígenas conquistaron aquel
nuevo planeta para ponerlo bajo
su dominio. El primer mensaje
que el Integral llevará al espacio
exterior serán manifiestos y
poemas glorificando al Estado
Único.
En Un mundo feliz, de Huxley,
la Tierra aparece sometida al
Estado Mundial, dividida en diez
grandes provincias, una de ellas
abarca toda Europa Occidental,
tuteladas por diez inspectores
mundiales. Mientras, Oceanía, en
1984, de Orwell, es uno de los
tres superestados en que se ha
repartido la Tierra. Cada uno de
ellos se divide a su vez en varias
provincias y éstas, en
distintas franjas aéreas. Londres
no es más que la principal ciudad
de la franja aérea número 1, que
a su vez es la tercera de las
provincias más pobladas de
Oceanía.
El Estado tal como nos es
presentado en estas novelas
comprende dos notas básicas y
características: su universalidad
y su estabilidad. La primera
atiende a su dimensión espacial:
su extensión por todo el orbe
conocido. La segunda atiende a
la temporalidad: su estabilidad
permanente, que le confiere
connotaciones de eternidad.
El
Estado en la novela de
cienciaficción parece estar
destinado a durar siempre. De
un modo u otro, estas notas
atienden a la soberanía universal,
con que en estas utopías, el
Estado se presenta revestido ante
el mundo.
Heliópolis, de Ernst Jünger,
parece ser el interregno entre
dos intentos por establecer un
orden planetario. Al fracaso del
primer ensayo habría seguido
una edad llena de revueltas y
turbulencias. "La política se
había degradado a la condición
de simple mecánica, sin figuras y
sin otro contenido que la brutal
violencia. Sería mejor aislarse en
sus moradas inaccesibles,
cultivar las tierras, cazar y
pescar, consagrarse a las bellas
artes y al culto a las tumbas de
los antepasados, como se había
hecho desde siempre. Todo lo
demás no era sino espuma del
tiempo, un cráter que ardía y se
consumía en sí mismo. De
aquellos reinos se podía decir lo
que Heráclito de los efesios: que
no valía la pena elaborar nuevas
leyes que les permitiera
subsistir".
Situación de anarquía:
Desaparecidos los antiguos
vínculos, el mundo se encuentra
en una situación de anarquía. De
ahí que surjan intentos de
restablecer el orden que, en
Heliópolis, se reducen a dos: uno
es procurado por los partidarios
del Prefecto, en torno a la
Oficina Central, sobre los restos
y las ideas de los antiguos
partidos populares, defensores
de una burocracia absoluta; otro
se basa en los valores de la vieja
aristocracia y del Senado,
representados por el Proconsul y
el Palacio. Tras el primer ensayo
frustrado del Regente, por
imponer un orden universal, el
Mundo ha quedado abandonado a
esas contiendas. Debe esperar a
que los pueblos estén preparados
para aceptar su autoridad.