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El teatro sobrevive en las pequeñas salas
El dramaturgo estadounidense Arthur Miller, que recibió en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2002, afirmó en esa ocasión que al teatro le esperan "tiempos difíciles", pese a que en su opinión el público lo sigue demandando y dándole su apoyo. El autor de "Muerte de un viajante" se refirió a la situación del teatro, a la política de su país, con críticas al presidente de Estados Unidos, George Bush, a su vinculación a España, país del que destacó su evolución en los últimos años, e incluso tuvo tiempo para reflexionar sobre el pobre papel que ejerce la información en un mundo cada vez más globalizado. Sobre el teatro, el autor neoyorkino, que el pasado día 17 cumplió 87 años, afirmó que "el gran teatro clásico ya no existe" y que en los escenarios ya no hay sitio para las obras experimentales, a causa, fundamentalmente, de la creciente comercialización. No obstante, y tras dibujar este horizonte pesimista, Miller dio paso a la esperanza al afirmar que "la gente sigue queriendo teatro", y apuntó que su supervivencia tal vez está en las pequeñas salas que representen las obras que no caben en los grandes escenarios con ayudas de las administraciones. Sobre su última obra, "Los blues de la resurrección", afirmó que le acaba de poner el punto final y dijo que se ha sentido muy bien escribiéndola. La definió como una "sátira política" que incide finalmente sobre la publicidad y las revoluciones dentro de una trama muy compleja. Preguntado por el Premio Nobel, Miller dijo que no espera recibir el prestigioso galardón y aseguró que en el mundo hay demasiados "escritores maravillosos" por cuya obra siente más respeto incluso que por la propia.
De este libro y de este mito hizo tambié Isidro Palacios una interpretación en un artículo publicado en Graal, que sirve ahora de falsilla para recorrer el camino que conduce a un reconocmiento de lo que en realidad puede representar el mundo de la mitología griega desde nuestra perspectiva.
El freudianismo ha sido en el siglo veinte el paradigma de la rebelión de lo inferior contra lo superior. Esta psicología ha concebido el subsuelo psíquico como una realidad frente a lo consciente, lo que da lugar a un dualismo interior y en pugna dentro del hombre, llegando a reconocerlo como el principal motor de la psique humana, prescindiendo de cualquier otra realidad como podría ser un impulso espiritual, por ejemplo.
De este modo, el freudianismo se ha constituido en la ciencia involucionista por antonomasia del siglo veinte que, lejos de propulsar al hombre hacia esferas superiores superconsicientes lo mantiene en un estado preconsciente.
El autor de este libro encuadra su propia interpretación en un estadio evolutivo de la psique (espíritu), en función no de un determinismo naturalista o biológico, sino por la realización de una aspiración elevada de conquista heroica o, en general, de una vida sacrificada, recta y justa, de renuncia, con miras a alcanzar esferas superiroes de existencia y a desprenderse de los dominios del primitivismo involutivo, hacia lo animal, como podría encontrarse en las tendencias propias del mundo moderno.
La verdad es que Edipo no mata a su padre y se casa con su madre por motivaciones de orden sexual, sino espiritual: los padres reales de Edipo, en el mito, no son más que el símbolo, la expresión exterior, de los padres míticos.
La madre mítica en su acepción positiva hace referencia a la tierra, a la naturaleza pura y ordenada, a una concepción de los deseos sublimados y a la realidad inmediata rectamente entendida sin contradicción y en armonía con el espíritu. Por el contrario, la mdre mítica en su acepción negativa significa la tierra desgajada del espíritu, bajo una orientación espúrea, representa los deseos en rebelde perversión.
Son nombres de padres míticos, como espíritu sublime, Zeus y Urano, dioses del cielo, y como espiritualidad pervertida Poseidón y Hades, dioses de los abismos donde habitan los monstruos. Entre las madres míticas, en su acepción positiva, cabe citar a Rea, la tierra en su lado natural exultante de alegría de vivir, o Hera, esposa de Zeus, símbolo de elevado amor. Mientras que, en su lado negativo u oscuro, se cita a la diosa Afrodita, nacida de la separación del cielo (Urano) y la tierra (Gea) por obra del titán Cronos (el tiempo o la obsesión por lo contingente), y que simboliza el amor puramente sensual, sin proyección metafísica.
Layo, contraviniendo la advertencia del oráculo, engendra un hijo al que impone el nombre de Edipo y que porta ya el estigma de sus padres. En el drama que se desencadena Layo corta los tendones de Edipo, lo que simbólicamente viene a significar una mutilación del alma, toda vez que los pies, no sólo en la mitología griega sino en la tradición, viene a hacer referencia al ánima. De manera que Edipo es un ser psicológicamente tullido desde su concepción.
Con lo que, muerto Layo, no sólo se sustitiuye a éste como rey, sino también su propia impronta personal, su propia consciencia. Es decir, Edipo no sólo se hace rey, sino que también el escenario del drama varía: la Esfinge deja paso a la peste, una nueva calamidad cuya diferencia con la precedente es más de forma que de fondo, en función de la nueva pareja mítica reinante.
En vez de afrontar la realidad virilmente e intentar purificarse activamente como le sugiere Tiresias, Edipo se atormenta, se horroriza ante su culpa, pero sucumbe a ella (se arranca los ojos), con lo que se vuelve incapaz de seguir por su propio pie el camino de la redención. Aún así Edipo encuentra una salida de la mano de su hija Antígona, quien juega la baza de su madre mítica, esta vez en su acepción positiva. Muertos su padre mítico, en sus acepciones positiva y negativa, y su madre mítica, en su acepción negativa, esa virgen inocente es la respuesta a sus ansias de salvación y quien le prestaráa sus ojos para conducirle hasta el templo de la salud de las euménides.
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